Excitación en el tren

¿Cómo describir lo que fue sintiendo Marta desde aquel primer encuentro con Vanessa? Hay sensaciones que nadie puede llegar a describir. Momentos especiales. Excitación. Sudor. Morbo. Pasión. ¿Quién se lo iba a decir a Marta? Deseaba saborear lo más profundo de su amiga pero tenía miedo. ¿Quizá era eso lo que más le llamaba la atención? ¿La sensación de lo prohibido?

 

Marta tomó el cercanías un día más, el tren de la costa. Tenía ganas de proponerle algo a Vanessa cuando llegase a la Facultad. Cerró sus ojos e imaginó mientras notaba cómo poco a poco entraba en un estado de excitación que ni ella podía saber cómo se había producido. Esta vez, el tren estaba semivacío. En su vagón sólo había un anciano, sentado dos asientos atrás. Ni siquiera en Badalona, donde solía subir mucha gente, hubo quien entrara en su vagón.

 

Por un instante, Marta imaginó. Llevaba un diminuto bikini y estaba sola en una cala de la Costa Brava con Vanessa. La miraba con deseo. Vanessa sólo lucía un tanga. Sus grandes pechos, acabados en un pequeño pezón sin aureola, se presentaban ante los ojos sedientos de placer de Marta. Ella la imaginaba así. Y se levantó de su toalla cuando Vanessa le dijo: "Ven al agua conmigo".

 

En el vagón, sin apenas darse cuenta, Marta deslizó su mano derecha bajo su faldita. Sus dedos indómitos querían encontrar sus labios. Mientras, Marta se veía corriendo hacia su amiga, chapoteando hasta zambullirse las dos en las cálidas aguas de aquella calita. Sacaron a la vez su cabeza del agua y se miraron. Vanessa se acercó a ella con ganas de jugar. Se lanzaban agua la una a la otra entre risas hasta que Marta se abalanzó sobre su amiga y la abrazó.

 

Marta daba rienda suelta a su imaginación mientras pasaba la punta de su lengua por la parte superior de sus labios. Se había abstraído completamente del lugar en el que estaba. Para ella, sólo existía su deseo, su calita, su amiga. Apartó con su dedo la escasa tela de su tanga y suavemente empezó a masturbarse, quizá en el momento que por su mente pasaba aquel abrazo en el agua con Vanessa. Un abrazo que acortó cada vez más la distancia. La cabeza de Vanessa se acercaba a la de Marta. Los labios parecían atraerse. Las puntas de sus lenguas querían entrar en contacto y jugar como nunca.

 

Vanessa cerró los ojos. Se dejó llevar. Marta la besó. Primero, un suave contacto con los labios, suficiente para que las dos bocas se abrieran y las lenguas de ambas se enroscaran por primera vez. Poco a poco habían alcanzado la orilla y Vanessa estaba estirada de espalda en la arena, mientras el agua salada y Marta le iban cubriendo. Los besos se hacían cada vez más profundos, más largos, más ardientes...

 

El tren seguía su camino hacia Barcelona. Marta tuvo suerte. En Sant Adrià tampoco subió nadie. El abuelo sentado atrás seguía con su lectura del "20 minutos" sin sospechar siquiera que nuestra amiga seguía masturbándose. Pensaba y pensaba en cómo Vanessa la besaría. Incluso en el momento en que le quitó la parte superior de su bikini. Los pezones de Marta estaban durísimos, como piedras. Y más cuando sus puntas tocaron las de Vanessa. ¡Qué sensación! Marta se notaba cada vez más húmeda, no quería correrse, deseaba seguir tocando su clítoris...

 

El sol, el mar, la calita de la Costa Brava, Vanessa... Marta estaba en la gloria. Nunca hubiera imaginado tener tantas ganas de besar, de amar a otra mujer. Tampoco soñaba con deslizar su boca por el cuerpo de su amiga hasta llegar a su ombigo, bajar un poco más mientras con sus dedos le quitaba el minúsuculo tanga y encontraba, por primera vez, un pubis totalmente depilado, una rajita sabrosa que iba a ser suya. La punta de su lengua iba recorriendo la piel de su amiga hasta llegar a la zona púbica. Vanessa estaba mojada. Marta, mucho más. Extasis a flor de piel, al llegar el momento de...

 

¡Plam!

 

La puerta del vagón se había cerrado de pronto. Marta abrió los ojos y volvió a la realidad. Miró su mano mojada y escuchó de trás suyo: "Billetes, por favor". Tuvo mucha suerte. El revisor estaba pidiendo el billete al anciano que estaba en aquel vagón. Le dio tiempo de recomponer su tanga, su faldita, de limpiarse con un Kleenex...

 

Sacó su billete y se lo mostró a aquel hombre de unos 40 años, de tez morena y expresión avinagrada por la dureza de su trabajo. El acabó con un bonito sueño. Un sueño tórrido, sensual, que Marta quería que fuese realidad. El cercanías ya estaba cerca de Plaça Catalunya. Nuestra amiga se acercaba a Vanessa. La esperaba en la Facultad. El deseo continuaba, la pasión seguía a mil. La historia no había hecho más que comenzar.

El año de Marta

Ha pasado un año desde que Marta se presentara ante nosotros con aquellos vaqueros bajos, dejando ver un provocativo tanga negro. Han pasado muchas cosas desde entonces. Tantas, que sería imposible resumirlas en estas pocas líneas. Marta ya tiene 20 años. Estudia Arquitectura. La carrera le apasiona. Muchísimo. También le apasiona Vanessa, su amiga íntima a la que conoció durante una clase de Geometría Descriptiva. Se puede decir que es una pasión mutua. Sus miradas congeniaron desde un primer momento, aunque lo primero que Marta miró aquella tarde en clase fueron los labios carnosos de Vanessa.

 

Y Marta soñó con el contacto con esos labios.

 

Marta y Vanessa se perdieron buena parte de aquella clase. El sermón del aburrido profesor de Geometría Descriptiva quedó en un segundo plano ante el fuego cruzado de aquellas miradas. A Marta se le cayó accidentalmente el bolígrafo. Agachó su cuerpo para recogerlo y lo hizo, no sin antes admirar aquellas piernas como columnas de Vanessa, abiertas para que nuestra protagonista pudiera admirar unas braguitas de encaje negro que escondían algo que Marta empezaba a desear.

 

Cuando levantó la cabeza, Marta vio que Vanessa la seguía mirando. Sus ojos azules buscaban entrar en el abrupto escote de la que en unos minutos empezaría a ser su amiga. En pocos minutos, las miradas se tornaron palabras. Los labios carnosos de Vanessa se movieron justo cuando el profesor había dado por terminada la clase. Se dirigió a Marta con un tímido hola. Ella recogía su carpeta y le sonrió, quizá un poco nerviosa. De repente, las dos chicas parecieron tener un ataque de timidez. ¿Cómo es posible, después de todas aquellas miradas de fuego? Quizá necesitaban conocerse mejor.

 

Salieron juntas del aula. Era la última clase del día. Marta tenía que tomar el tren, de regreso a Premià de Mar. Pero no deseaba irse. Quería continuar con su nueva amiga. Deseaba conocer más de ella y saber si aquel juego de miradas significaba algo. Sin embargo, sus deseos entraron en un callejón sin salida cuando, en la puerta de la Facultad, un chico de unos 24 años, alto, moreno, escultural, mostró su mejor sonrisa dirigida a Vanessa. Era Gori, su novio. La estaba esperando al lado de su coche.

 

Marta se quedó sin articular palabra, pero sintió un cosquilleo especial cuando Gori rodeó con sus manos la cintura de Vanessa e inició un largo beso ante su mirada. No era envidia, era pasión. Por un momento, Marta soñó con que sus labios eran los de Gori y que su lengua jugueteaba con la de Vanessa.

 

Vanessa y Gori se despidieron de ella. Y Marta caminó hacia la estación de tren sin dejar de pensar en los labios carnosos de su nueva amiga. Sentada en el vagón, con sus piernas abiertas provocando la mirada de un ejecutivo de 40 años que hacía ver que leía La Vanguardia, Marta notó que su tanga se humedecía. Su temperatura corporal crecía imaginando a su amiga haciendo el amor con Gori. Quería despejar su mente de ese pensamiento, miraba a la ventana admirando el paisaje de la playa de Montgat, pero era imposible. Aquella tarde en la Facultad le había marcado más de lo que ella podía imaginar.  

Pantalones bajos, imaginación alta

Marta tiene 19 años. Suele ir a la moda. Le gusta que la miren. Sabe que la miran. Y saben que se fijan en su culo. Marta lleva los vaqueros bajos y deja ver el comienzo de un tanga negro. Ese hilo que despierta la imaginación. Ese hilo que conduce a un bosque que sólo dos años atrás dejó de ser virgen, justo el tiempo que había transcurrido desde que aquel chico inglés, Brian, la hiciera gemir por primera vez en la playa de Arenys.

Marta sabe que la están mirando. Le gusta provocar. Le gusta ver la cara de aquel viejo que, sentado en el vagón del metro, no puede apartar su cansada mirada de aquel hilo del tanga. Porque ese tanga despierta pasiones.

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